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lunes, 13 de enero de 2014

La cuenca del Rió Jiménez

Amanece poco a poco en Carvajal. Hoy día doce del mes de Enero, me he levantado temprano, a las cinco y treinta más o menos, y me hallo ahora en el patio trasero de la casa de mi tío Segundo Téllez, habitante y conocedor nato del Alto de la Cruz. Estoy allí para hacer una de las cosas que más me gustan: saludar a un nuevo día de una de las mejores épocas del año.
En el oriente, un poco alto, acompañado de un par de nubecillas, brilla el esplendoroso lucero de la mañana. Por encima de la serranía de Trujillo, cuyas colinas sumidas aun en la oscuridad parecen gigantes dormidos, se asoma tímido el resplandor solar. Casi en el punto más alto, despliegan su majestuosa belleza un par de estrellas que titilan y cambian de colores de forma singular
La luna, empezando a crecer y buscando el poniente, compite en este teatro celeste con los destellos y a medida que las ultimas estrellas se van despidiendo como un dejo de tristeza, una brisa fresca comienza a mover con suavidad las hojas de los árboles. Un gallo entona su canto mañanero desde un poste cercano, y cuando el sol baña con su cálida luz toda la meseta carvajalense, otros pájaros se le han unido en un coro que parece hacer vibrar toda la vegetación circundante. ¡Que mañana! Como de costumbre no he quedado decepcionada.

Vista de San Genaro des el Alto de la Cruz


Todo este gran despliegue de belleza matinal me hace sentir privilegiada, pues me recuerda que he nacido y que vivo en Trujillo, un precioso trozo de territorio de Venezuela, uno de los países con la naturaleza más hermosa y variada de todo el planeta.
Dentro de la diversidad geográfica que la caracteriza, Venezuela se ha dado a conocer también por la grandeza de sus paisajes de montaña, y nuestro estado Trujillo no escapa de esta grandeza.
El estado Trujillo, ubicado en el oeste venezolano, por el norte de los Andes, es una tierra riquísima en agua dulce. Tanto es así que, la llamada “tierra de las mil montañas”, es regada por dos de los ríos más importantes de Venezuela: el rió Motatán, que nace en tierras merideñas y desemboca en el Lago de Maracaibo; y el Boconó, que tiene sus fuentes en los páramos de Trujillo y va a las planicies centrales venezolanas
Son muchos los lugares para ver y disfrutar dentro de ésta hermosa región, los andes venezolanos, y todos son espectaculares. Hay muchos recorridos que usted puede realizar en compañía de su familia, y los hay más exigentes; excursiones que requieren de largas y forzadas caminatas de varios días. 
Precisamente en el corazón de esta región se halla ubicada la cuenca de un rió que, aunque no tiene gloria de los dos anteriores es uno de los cursos de agua más bellos de ella: El rió Jiménez.
Río Jiménez


El Jiménez, considerado por el naturalista trujillano Américo Briceño Valero como el cuarto rió en importancia de Trujillo, nace en el Páramo los Linares, a una altura de 3.460 metros sobre el nivel del mar, cerca  de la confluencia de los límites entre los municipios, Trujillo, Boconó y Urdaneta al sur este de la población de San Lázaro. Su longitud es de unos 51 kilómetros y el curso del Jiménez es mayormente de montaña y discurre por un angosto valle en forma de V que pertenece a la Serranía de Trujillo.
Los suelos cercanos a las vegas del Jiménez son sumamente fértiles y se prestan para el cultivo de granos, yuca y frutas diversas. La flora de sus ecosistemas es muy hermosa y valiosa, compuesta de especies típicas del páramo en su parte alta como el frailejón, de selva nublada. Los árboles que más se observan allí son el cedro, el roble, el pardillo, el indio desnudo, la caoba, el apamate, el algarrobo y el bucare, este último dueño y señor de las riberas del rio y sus afluentes.
El rió Jiménez tiene un potencial inmenso para el turismo de naturaleza. Desde caseríos altos como Melendre, El Amarillo, Las Aguaditas, Palmarito y el Alto de la Cruz, se ven paisajes bellísimos. Las aldeas más grandes asentadas en ella son muy pintorescas, y especialmente en el caso de Santiago y San Lázaro, muy visitadas en épocas de vacaciones por personas que buscan tranquilidad y un poco de paz. Hay numerosas veredas cuyo recorrido es muy interesante, como la del paso montañoso del Salto del Diablo, antiguo camino de atajo que comunicaba comercialmente a Santiago y San Lázaro con la ciudad de Valera, atravesando la meseta de Carvajal.




Antiguamente el mismo curso del rio se prestaba para hacer caminatas por su cauce. Esta actividad se ha vuelto muy popular y ya se lleva a cabo en el tramo comprendido entre la Loma de San Rafael y el Puente de San Pablo de Jiménez.


Unidades de Transporte de San Lázaro



Actualmente muchos visitantes y aficionados del parapente, se dirigen hasta la majestuosidad de estas montañas para contemplar desde las alturas lo impresionante de nuestra ciudad de las siete colinas.


Foto cortesía de Olexy Rondón


Sin embargo, a pesar de su riqueza y su gran belleza natural, la cuenca del rio Jiménez se está enfrentando a graves problemas que están afectando su delicado equilibrio ecológico; es más, que están cambiando su fisonomía.


Disfrutando del Jiménez

Turistas se lanzan en parapente

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